Riesgos psicodigitales en consulta: entrar con el paciente en su vida digital
Por Juan José Martí-Noguera · Cibersalud
Los riesgos psicodigitales pueden aparecer en consulta sin que el paciente utilice ese nombre. Puede hablar de una respuesta de IA que ha influido en cómo entiende sus síntomas, de una aplicación cuyos resultados revisa cada día o de información sobre sí mismo que circula en redes y ya no controla.
El profesional puede explorar todo ello mediante la entrevista. Pero hay situaciones en las que el relato no permite ver una parte importante de lo sucedido. ¿Qué decía exactamente la respuesta? ¿Cómo mostraba la aplicación aquel resultado? ¿Qué podía ver otra persona en ese perfil? Con el acuerdo del paciente, entrar juntos en esa experiencia digital puede aportar información relevante para la evaluación y la intervención.
No es una invitación a revisar dispositivos de forma rutinaria. Es una capacidad clínica que empieza por reconocer cuándo el entorno digital forma parte del problema que estamos intentando comprender.
De dónde viene el concepto de riesgos psicodigitales
En 2021, Claudia Tello de la Torre, Vanesa Perez y yo publicamos Digital Human Assets and Psycho-digital Risks: Concept and recommendations. En ese artículo relacionamos los riesgos psicodigitales con los activos digitales humanos: la información vinculada a una persona que se genera a través de su actividad digital o de la actividad de otros. Planteamos los daños reales o potenciales que puede ocasionar la gestión de esos activos. El trabajo ofrecía un marco conceptual y recomendaciones; no proponía una escala diagnóstica validada.
Esta perspectiva amplía lo que conviene mirar en consulta. No solo importa lo que una persona hace con una tecnología. Importa también qué información se produce sobre ella, quién puede acceder a esa información, cómo se interpreta y qué capacidad conserva la persona para corregirla, retirarla o limitar su difusión.
Una fotografía compartida por otra persona, una conversación íntima conservada en un servicio o un perfil elaborado a partir de la actividad digital pueden seguir teniendo consecuencias cuando la interacción original ya ha terminado. Para comprenderlas, a veces hay que mirar más allá del síntoma descrito y examinar el entorno donde se ha producido la experiencia.
Qué cambia cuando miramos la experiencia en la vida digital con pacientes
Imaginemos una frase frecuente como punto de partida: «Una IA me ha dicho que tengo un trastorno». La frase merece atención, pero todavía deja abiertas preguntas clínicas distintas. Es posible que el sistema haya afirmado algo de forma categórica; también que haya enumerado posibilidades y el paciente haya retenido una sola. Puede que esa conversación le haya ayudado a pedir una cita o que haya intensificado una preocupación previa. No podemos saberlo únicamente por la frase.
Si el paciente quiere mostrar la conversación, leerla juntos permite reconstruir lo sucedido sin pedirle que recuerde cada detalle. El clínico puede observar qué información recibió, cómo se presentó la incertidumbre y qué parte de la respuesta influyó en su interpretación. Después puede volver a su terreno propio: cómo encaja aquello en el motivo de consulta, en la historia de la persona y en las decisiones que está tomando.
Con una aplicación de bienestar el objeto de observación será diferente. Tal vez el dato que preocupa al paciente sea una medición, tal vez sea una etiqueta o una alerta generada por la interfaz. En redes sociales puede ser relevante ver una publicación y también su recorrido: quién la difundió, qué comentarios recibió o si continúa apareciendo ante personas del entorno del paciente.
Mostrar una pantalla no equivale a demostrar una causa clínica. Aporta una pieza de información que antes faltaba. Su valor está en poder relacionarla con el resto de la evaluación, en lugar de atribuir a la tecnología un efecto que todavía no hemos establecido.
Evaluar sin confundir posibilidad, asociación y daño
La investigación obliga a trabajar con precisión. Una revisión publicada en npj Digital Medicine en 2026 examinó 119 publicaciones sobre posibles daños para la salud mental asociados a chatbots basados en grandes modelos de lenguaje. Los autores encontraron numerosos planteamientos conceptuales y estudios que evaluaban respuestas ante consultas simuladas, pero poca investigación sobre las consecuencias de las interacciones reales para los usuarios. Que un sistema pueda responder de manera inadecuada no nos dice, por sí solo, con qué frecuencia esa respuesta causa un daño clínico.
También disponemos de datos poblacionales sobre otros usos digitales. En una encuesta coordinada por la OMS Europa, realizada en 2022 con casi 280.000 adolescentes de 44 países y regiones, el 11 % mostró señales de uso problemático de redes sociales y el 12 % se situó en riesgo de juego digital problemático. Son cifras relevantes para orientar la atención profesional; no diagnostican a un adolescente concreto ni prueban que su malestar tenga una única causa digital.
En consulta, esta distinción tiene consecuencias. Podemos tomar en serio una experiencia relatada por el paciente, examinar el entorno donde ocurrió e intervenir sobre lo que afecta a su vida sin convertir cada riesgo posible en un daño demostrado. También debemos reconocer los usos digitales que aportan información, apoyo o autonomía.
Entrar juntos en el entorno digital también requiere un encuadre
La exploración compartida debe tener un propósito clínico comprensible para el paciente. Puede consistir en mirar un fragmento que él elige mostrar, una configuración concreta o el recorrido de una información que le preocupa. No exige que entregue contraseñas ni que el profesional acceda por su cuenta a sus cuentas.
Ese encuadre importa porque una pantalla puede contener conversaciones con terceros, datos de salud o información que el paciente no había previsto enseñar. Antes de examinarla conviene acordar qué se quiere comprender. Después, el profesional puede registrar la conclusión clínicamente relevante, sin incorporar indiscriminadamente capturas o conversaciones completas a la documentación del caso.
El objetivo tampoco es sustituir la interpretación del paciente por la del terapeuta. Mirar juntos permite contrastar perspectivas: qué ve cada uno, qué significado atribuye el paciente a lo ocurrido y qué parte de la situación puede modificar. De ese diálogo puede surgir una intervención sobre una conducta, una decisión informada acerca de una herramienta o la necesidad de abordar un daño producido por otras personas.
De la evaluación a la psicoterapia de quinta generación
En Cibersalud situamos este trabajo dentro de nuestro marco de psicoterapia de quinta generación. La IA, las plataformas y los datos ya forman parte de los contextos donde las personas se informan, construyen relaciones y toman decisiones. La práctica clínica necesita poder comprender esos contextos cuando afectan al proceso terapéutico. Desarrollamos otras dimensiones de este marco en «Psicoterapia de quinta generación: 10 claves para entender qué cambia con la IA». cibersalud.es
Aquí el paso específico es incorporar la experiencia de la vida digital del paciente como material de trabajo clínico. Primero se determina si examinarla ayudará a comprender el motivo de consulta. Si es así, se observa con el paciente aquello que resulte pertinente desde las experiencias de su vida digital, se integra en la formulación y se acuerda una acción cuyo resultado pueda revisarse. La tecnología puede ser parte de la dificultad, parte de los recursos de la persona o ambas cosas.
El marco EuroPsy de EFPA incluye entre las competencias del psicólogo el uso eficaz y seguro de tecnologías digitales, la atención a las necesidades del cliente, la protección de datos y la evaluación crítica de herramientas e intervenciones. Trasladar esas competencias a situaciones como las descritas exige práctica clínica, además de conocimientos sobre tecnología. Referencia:
Qué entendemos por riesgos psicodigitales y vida digital
En nuestro artículo de 2021 sobre activos digitales humanos y riesgos psicodigitales, definimos los riesgos psicodigitales como los daños reales o potenciales que puede ocasionar a una persona la gestión de la información digital vinculada a ella. Esa información incluye lo que publica o comparte, pero también lo que otros publican sobre ella y los datos que se generan al utilizar servicios digitales.
Por vida digital entendemos, en este programa, la parte de la experiencia cotidiana que transcurre a través de dispositivos, plataformas y servicios: conversaciones, relaciones, búsqueda de información, decisiones, registros y huellas de actividad. No es una vida separada de la presencial. Lo que ocurre en esos espacios puede tener consecuencias en la identidad, las relaciones, la salud y el motivo de consulta; también puede aportar recursos y apoyo.
Llevar estos conceptos a la práctica clínica implica saber cuándo conviene entrar con el paciente en esa experiencia digital, qué podemos observar juntos y cómo incorporar lo observado a una evaluación y una intervención. Una conversación con IA, una aplicación o una publicación pueden ser material clínico relevante, siempre que el paciente participe en la decisión de examinarlos.
Una primera aproximación al temario
Estamos preparando Riesgos psicodigitales en consulta: evaluación e intervención como una formación práctica para profesionales de la psicología. Esta es la estructura de trabajo prevista para la primera edición:
- Vida digital y motivo de consulta. Reconocer cuándo una experiencia digital es relevante para el caso y situarla dentro del marco de psicoterapia de quinta generación de Cibersalud.
- Activos digitales humanos y riesgos psicodigitales. Identificar qué información se genera sobre una persona, quién interviene en su circulación y qué consecuencias pueden ser clínicamente relevantes.
- Exploración compartida en sesión. Practicar cómo examinar con el paciente una conversación, una aplicación o una publicación, con un propósito clínico y un encuadre acordado.
- Evaluación y formulación. Relacionar lo observado en el entorno digital con la historia, el funcionamiento y los objetivos terapéuticos de la persona, sin atribuir causas que no podemos demostrar.
- Intervención y seguimiento. Decidir qué puede trabajarse en terapia, qué cambios pueden acordarse en el uso de una herramienta y cómo revisar sus resultados.
- Casos y límites profesionales. Integrar privacidad, datos de terceros, menores, situaciones de mayor vulnerabilidad y criterios para pedir apoyo o derivar.
La propuesta se organizará en eDoer con casos, ejercicios y materiales para trasladar lo aprendido a la consulta. El temario, las fechas y las condiciones de acceso todavía están en preparación. Si quieres recibir el programa definitivo, puedes escribirnos a Cibersalud.
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